DÍA DE LA INDEPENDENCIA


Murió el viejo. Para la hija era su amado padre, para el hijo era eso, el viejo miserable. 

Siempre lo odió. Y el resto de la pequeña familia desayunó día a día ese sentimiento.

Así que cuando se murió el abuelo, no fue traumático, no recordaba haber llorado. Pero lo que sí la impactó, como una bomba que estalló el núcleo, fueron las decisiones después de esa partida al infierno, cielo para otros, del viejo. 

“Ahora sí vamos a vivir como lo merecemos” dijo su padre, dejamos este país. En ese momento no había dictadura disfrazada de democracia, ni escasez de alimentos, y eran muy pocos los que vivían el terror de la inseguridad. La Caracas de inicios de los 90 era un país en pausa. 

Pero su padre necesitaba su independencia, quería vivir con el dinero que siempre se le negó, gastar, ser su propio jefe, tener un carro como los de las películas, vestir como los de Miami Vice, y rumbear como Carlitos Brigante. Y decidió por su mamá, por su hermana, pero no por ella. Ella se quedó atrás.

No quiso emigrar. Estaba en sus veinte detrás de su independencia, entre fotogramas, letras y se creía enamorada.

Sufrió la distancia, pasaron largos quince años hasta que sus padres regresaron al país, de visita, finalmente tenían papeles para salir, pero llegaron tarde. Se perdieron su graduación de la universidad, su operación de hernia, su primera boda, su segunda boda, sus logros y tristezas. Era otra, una hija que todo el tiempo usaba la máscara de “todo está bien”.

El avión desde Maiquetía aterrizaba todos los 15 de Diciembre y se regresaba los 15 de Enero, un mes al año no cubría los pocos minutos mensuales de las costosas llamadas de larga distancia. 

Los buzones dejaban correr cascadas de cartas. Letras que como las fotos de vacaciones nunca nadie volvía a ver. Pero quedan. En un cajón con diapositivas y recuerdos. 

Como un vinyl con lado A y lado B. Dos campanas, la mayoría de los primeros años, después se hicieron más escasas. 

Hace poco pudo leerlas, y entre líneas escuchó sus gritos en la soledad, los llantos de su madre, pudo ver el puño cerrado de su hermana, la indiferencia de su padre. 

La bomba nuclear los destruyó cuando el padre con fuerza cerró el ataud y subió las escaleras del avión:“Señores pasajeros, bienvenidos a Miami”.

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