VIVIR CORRIENDO Y DORMIR CON MIEDO.


Las noticias reseñan los largos periplos ajenos, otras fronteras que mi ignorancia geográfica desconoce. 

Rostros que sufren mientras revientan a golpes calderos vacíos, como mi perro cuando tiene hambre, pienso.

Rostros que lloran cargando cadáveres pequeños envueltos en sábanas blancas manchadas de sangre. ¿Será un niño o carga a su madre muerta?. El tamaño es el mismo, pienso.

Lo famélico versus la delgadez que me promete la inyección semanal, pienso. ¿Cuantas bocas se pueden alimentar con lo que cuesta mi inyección? pienso.

Y de lejos, detrás de la comodidad de la pantalla y con los dedos muy bien protegidos en el teclado, no sufro. Creo.

Hasta que me llama mi amiga y me cuenta en primer plano, con detalles y llanto como pasó de estar a punto de trabajar legalmente a vivir corriendo y dormir con miedo. Es en Texas, pienso.

No estoy en mi tierra, no nací aquí y ahora empieza el miedo a crecer como una enredadera subiendo por mis piernas. 





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